EL PODER DEL PERRO: LA FAVORITA A LOS OSCARS
En una época en la que la sensación de repetición constante, la creación industrial en base a fórmulas y el déjà vu cinematográfico parecen estar a la orden del día, no deja de resultar sorprendente que un género con, aproximadamente, un siglo y cuarto de historia a sus espaldas aún tenga historias que contar, mecanismos para conmovernos y una capacidad innata para impactar al patio de butacas.
Todos estos años de western, pese a sus diferentes
desviaciones y transformaciones heredadas del paso del tiempo, han ayudado a
asimilar unos tropos a los que ya estamos más que acostumbrados, y que solemos
asociar inconscientemente a sangre, pólvora, ganado, testosterona y duelos al
Sol. Pero, tras estos elementos arraigados al imaginario popular, hay
cabida para mucho, pero que mucho más.
La película arranca bajo la forma de una épica con feudo
familiar de por medio ampliamente reconocible. El choque entre dos hermanos con
personalidades opuestas como las dos caras de una moneda tras la aparición de
una mujer y su hijo en el núcleo del hogar, da pie a un reflejo visceral
de la violencia intrínseca del género que no necesita mostrar un sólo revólver
en pantalla; valiéndose únicamente de personajes recluidos en sus propias
psiques, virilidades tóxicas, y de unas sensaciones de angustia y desasosiego
sutiles e incisivas.
Poco a poco, el aparentemente errático cúmulo de
sentimientos encontrados, tensión a flor de piel, enemistades e impulsos
animales comienza a cobrar sentido. Llegados a un mid point que cambia
radicalmente el rumbo del relato, los protagonistas, hasta el momento inmóviles
en sus arquetipos y atrapados en sus corazas autoimpuestas, comienzan a
evolucionar; abriendo paso a un glorioso estudio de personajes sumidos en
un mundo al que no pertenecen y canalizados a través de unas interpretaciones
soberbias —lo de Benedict Cumberbatch es, sencillamente, de otro
planeta—.
Si 'El poder del perro' deslumbra hasta tal punto, es
gracias a una precisión narrativa excepcional. Campion se toma su tiempo en
cocinar a fuego muy lento la historia, y se ve obligada a tomar ciertas
decisiones un tanto peculiares en lo que respecta al tiempo en pantalla de
algunos personajes principales, pero el conjunto no deja de ser tan
impecable como el uso del subtexto. Gracias a él, frases sueltas, interacciones
y reacciones sustituyen al siempre nefasto exceso de exposición, reivindicando
la fuerza de la narrativa cinematográfica en su máxima expresión.
No me parece una película tan buena como para ser favorita a los premios Óscar.
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