EL PODER DEL PERRO: LA FAVORITA A LOS OSCARS



En una época en la que la sensación de repetición constante, la creación industrial en base a fórmulas y el déjà vu cinematográfico parecen estar a la orden del día, no deja de resultar sorprendente que un género con, aproximadamente, un siglo y cuarto de historia a sus espaldas aún tenga historias que contar, mecanismos para conmovernos y una capacidad innata para impactar al patio de butacas.

Todos estos años de western, pese a sus diferentes desviaciones y transformaciones heredadas del paso del tiempo, han ayudado a asimilar unos tropos a los que ya estamos más que acostumbrados, y que solemos asociar inconscientemente a sangre, pólvora, ganado, testosterona y duelos al Sol. Pero, tras estos elementos arraigados al imaginario popular, hay cabida para mucho, pero que mucho más.

La película arranca bajo la forma de una épica con feudo familiar de por medio ampliamente reconocible. El choque entre dos hermanos con personalidades opuestas como las dos caras de una moneda tras la aparición de una mujer y su hijo en el núcleo del hogar, da pie a un reflejo visceral de la violencia intrínseca del género que no necesita mostrar un sólo revólver en pantalla; valiéndose únicamente de personajes recluidos en sus propias psiques, virilidades tóxicas, y de unas sensaciones de angustia y desasosiego sutiles e incisivas.

Poco a poco, el aparentemente errático cúmulo de sentimientos encontrados, tensión a flor de piel, enemistades e impulsos animales comienza a cobrar sentido. Llegados a un mid point que cambia radicalmente el rumbo del relato, los protagonistas, hasta el momento inmóviles en sus arquetipos y atrapados en sus corazas autoimpuestas, comienzan a evolucionar; abriendo paso a un glorioso estudio de personajes sumidos en un mundo al que no pertenecen y canalizados a través de unas interpretaciones soberbias —lo de Benedict Cumberbatch es, sencillamente, de otro planeta—.

Si 'El poder del perro' deslumbra hasta tal punto, es gracias a una precisión narrativa excepcional. Campion se toma su tiempo en cocinar a fuego muy lento la historia, y se ve obligada a tomar ciertas decisiones un tanto peculiares en lo que respecta al tiempo en pantalla de algunos personajes principales, pero el conjunto no deja de ser tan impecable como el uso del subtexto. Gracias a él, frases sueltas, interacciones y reacciones sustituyen al siempre nefasto exceso de exposición, reivindicando la fuerza de la narrativa cinematográfica en su máxima expresión.

Si a todo esto sumamos un anticlímax capaz de rediemsionar en cuestión de minutos todo lo visto hasta el momento, y una factura técnica y artística impresionante coronadas por la fotografía de Ari Wegner y por la banda sonora de un Jonny Greenwood tan lúcido como de costumbre, la sensación de estar ante una de las grandes joyas de 2021 no hace más que confirmarse. Una muestra de gran cine en su máximo exponente, incómodo, duro y, al mismo tiempo, delicado, que hace justicia a un género histórico repleto de clásicos imperecederos.


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